domingo, noviembre 19, 2006

Escritores Secretos

F i l a n d ó n
Diario de León
Domingo 19 de Noviembre de 2006
Bruno Marcos
Hay algo desagradable en las librerías de viejo. Recuerdo una que había aquí, apenas diez metros cuadrados en forma de ángulo obtuso. La mujer que la habitaba parecía ciudadana de una indigencia poblada de letras –seguramente lo era-, sepultada, un montón de horas al día, en una escombrera de libros destartalados. Me la enseñó Antoine Doinel, como la Biblioteca Pública, él transitaba por la ciudad con una curiosidad mucho más cosmopolita que la mía a pesar de sus muchas dioptrías. Aquella mujer, daba la sensación de vivir toda ella en un mundo de segunda o cuarta mano. Bajo una bombilla sucia parecía estar vestida con harapos de un tiempo indeterminado, de una mezcla de varios pretéritos que nadie quería ya recordar. Mal encarada, trabajaba, sobre todo, el libro de texto. A mediados de los ochenta, en España, todavía se hacía eso. Creo recordar que incluso, en una ocasión, juntamos algunos libros de cursos pasados y fuimos allá a que nos humillara por dos pesetas.
No es gratuito el retrato que, en Luces de Bohemia, se hace del librovejero. Valle lo muestra timando al pobre y ciego Max Estrella, cómplice del vil Don Lati. Cuando el poetastro encolerizado baja a la tienda a deshacer el trato el viejo arpía retira del mostrador los libros ante los ojos ciegos de Max comentando que, minutos antes, ha vendido el atadijo completo. Zaratustra lo apodan y es curioso pues siempre, en estas cuevas, hago el pequeño ritual de buscar el libro de Nietzsche y -magia- lo encuentro.
Las librerías de viejo me producen una mezcla de atracción y repulsa. Esa acumulación morbosa de lecturas no son enriquecidas sino ultrajadas por el tiempo y el desdén de sus anteriores dueños. Herederos incultos, irrespetuosos con un ancestro cura, maestro o abogado, o rateros de tres al cuarto han llevado esos libros a los anaqueles de segunda mano. Creo que, en el fondo, pienso que un país culto, civilizado, debería prohibir semejante negocio.
Son sitios descorazonadores. Una vez fui a la Cuesta de Moyano. Los libreros que allí me topé me parecieron mendigos, viejos despeinados, pálidos, metidos en abrigos también usados, acosados por un mundo tan inhóspito se me figuraban imposibles lectores, acaso peritos en desahucios. Leí en alguna ocasión que un escritor de ahora incluso compraba cartas, manojos de cartas personales de gente del pasado, gente normal que ya estará muerta hace lustros, gente que hablaba de su amor, de su añoranza, de sus esperanzas... No puedo quitarme esa idea de la cabeza, ¿cómo leer eso sin echarse a llorar?
Supongo que los libreros de viejo son una figura semejante a los dueños de casas de empeño y, como ellos, trabajan la luz desde el lado oscuro de la luna.
Ayer, un tanto errático por la ciudad, se me ocurrió ir a alguna de estas tiendas. La primera la desdeñé desde el escaparate porque tiene libros que aún salen nuevos al mercado y, en ella, no se sabe por qué, son más caros, lo cual me hace sospechar de la tasación. En la segunda me zambullí. No estaba mal, muy barato, libros de los sesenta que se desmoronaban al abrirlos como una hoja de árbol en otoño. Los clientes entraban con peticiones peregrinas, nada bibliófilas, y el librero a todos atendía con respeto, pero a nadie daba solución, cogía los teléfonos prometiendo avisar cuando encontrase lo solicitado y nunca reconocía no tener algo. Creo que pretende dar la sensación de que lo tiene todo y que si no te suministra lo requerido en el instante es por alguna clase de contingencia momentánea.
La tercera y última que visité tiene un inflado nombre nada literario y se encamina, con descaro, al decorativismo. Quien la regenta aspira a ser una de las personas más intratables del reino. Le di las buenas tardes y me interné en los libros. Todos son artesanías, cuero, oro, literatura de refilón. Al poco entraron dos clientes y, como yo, se adentraron en la tienda. Después vino un bohemio cincuentón con coleta, barba y voz de actor. El cascarrabias se desahogaba con él: “Es que estoy en un sinvivir. Entra la gente y se pone a buscar, a mirar los libros y no puede ser –decía como tomándonos por ladrones por el simple hecho de penetrar en su antro-. Aquí hay cosas carísimas. Esto llegó hasta aquí.” Los clientes, con mucha menos pinta de ladrones que ellos dos, oímos toda la conversación que, adrede, elevaban para ofender o amedrentar. El bohemio que parecía tener más mundo que el ogro librero le daba la razón en todo: “Sí, sí... tienes que poner un cordón azul de terciopelo ja, ja... En Madrid fulano no sé cuantos gritaba el precio medio del libro para espantar al personal... ja, ja... “ En eso encontré un ejemplar del Quijote de Avellaneda en versión casi de tebeo por 70 euros que, en su día, costó 1,5 pesetas. Luego el ogro se fue al desván y sacó unos paquetes que contenían diez tomos encuadernados en piel roja por el bohemio. Entonces le tocó a él: “A ver qué chapuza has hecho... Mira... Esto son pegotes de cola... y este golpe... todos golpeados... Esto es inadmisible, inadmisible totalmente... Y además no me puedo enfadar contigo porque la culpa la tengo yo por confiar en ti... Es que, es que esto lo haces a posta...” No se volvió a oír la voz de actor del bohemio. Agazapado en sí mismo aguantaba el chaparrón del Zaratustra como si fuera un niño malo que había encuadernado aquellos libros mal a sabiendas del chubasco. Apuré el tiempo para escuchar el desenlace pero no aguanté más y me fui. Creo que mi presencia espectral saliendo aceleradamente le disuadió de golpearlo.

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Dice Alejandro Sawa, el poeta real en el que se inspira Valle en Luces de Bohemia: “Hay que distinguir entre los hombres que ya tienen un nombre y los que no para que no se confunda Bohemia con Golfemia”. Teniendo en cuenta que el tan patético velatorio que registra Valle en su obra debe ser incluso menos grotesco y desangelado que el del propio Sawa en el que se basa, escucharle esta opinión aristocratizante de la bohemia no puede menos que conmovernos. ¿Cuál sería la diferencia para el iluminado Sawa entre bohemia y golfemia, entre el bohemio y el golfo?
Si atendemos al bello prólogo que le dedicara de forma póstuma Rubén Darío no habría mejor definición de ambos que el propio Sawa. Dicen que a Pío Baroja, después de aturrarle con versos de Verlaine durante varias horas, le pidió tres pesetas y que este le contestó que no las tenía. Sawa le preguntó si las tenía en casa. Pío contestó que sí y, entonces, Sawa le ordenó ir a por ellas. A la vuelta, de pie frente a la taberna, recibió el dinero diciéndole: “Ya puede marcharse”. También cuentan que Cansinos Assens fue a visitarle a su buhardilla en la que permanecía cubierto con una sábana porque no podía salir a la calle al haber empeñado sus pantalones. El joven Rafael, sin embargo, salió henchido de pasión literaria porque el excesivo e hiperbólico Sawa había gritado que era mejor no tener pantalones a no tener talento.
Manuel Machado lo describe en Epitafio a Alejandro Sawa: “Jamás hombre más nacido /para el placer, fue al dolor /más derecho./Jamás ninguno ha caído /con facha de vencedor /tan deshecho./Y es que él se daba a perder /como muchos a ganar. /Y su vida,/por la falta de querer /y sobra de regalar, /fue perdida./Es el morir y olvidar /mejor que amar y vivir. /Y más mérito el dejar /que el conseguir.”
No falto de sarcasmo Darío escribe en el antedicho prefacio: “Meses antes de expirar escribió tanteando, a pedido de un periodista que le visitara, esta frase: «Recuerdo de un hombre cuyas pupilas quedaron abrasadas por su afán de mirar fijamente a lo infinito.» Por eso se quemó las pupilas, y las mismas alas, la pobre águila. Se olvidó, por mirar fijamente lo infinito, de que era un señor de carne y hueso, de que tenía mujer e hija, de que era preciso hacer dinero. Aunque hubiera sido poco, pero dinero. Dinero para asegurar los días por venir, las consideraciones que deseaba, para comer, beber y fumar bien, con todo lo cual es indudable que se puede contemplar mejor, y sin ningún peligro, lo infinito.” He aquí toda la contradicción mayúscula entre el sueño y la realidad, entre el idealismo y el materialismo, la atracción y la repulsa hacia la bohemia, es decir, el verdadero capital de la bohemia, la ruina, que debería –en teoría- dar paso al espíritu.

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Larsen había conseguido el enlace. Una tienda de libros de lance que había cerrado años atrás y quería liquidar sus existencias. El primer paso fue fallido, el café en el que habíamos quedado estaba cerrado y, en el tiempo que tardó en aparecer el librero, dos yonquis, de los que casi ya no quedan, remontaron un jardincillo pegándose, con esa desgana con la que se golpean ellos, como sin fuerzas.
Al principio nos dijo que el almacén estaba en el casco antiguo y después aquí, a dos manzanas de mi casa. Con la espera especulamos con que se tratase de una encerrona para secuestrarnos y hacer con nosotros tráfico de lectores polvorientos.
Llegó el librero y resultó que el local era una antigua carnicería donde los libros desfallecían en la inanición por el suelo, en cajas de cartón, entre las patas de huérfanas banquetas y sobre alguna mesa.
Me sorprendí a mí mismo buscando y rebuscando allí donde asomaban librillos locales, cosas de autores de aquí que conocí algún día o de los que oí hablar. No sé si era el morbo o esa pura novela propia que buscamos todos.
Aunque estaban la totalidad de los libros amontonados y revueltos, por una suerte de lógica residual de algún pretérito orden, aparecían increíblemente agrupados por temática. Y, cuando volvías a un sitio por el que ya habías pasado y dabas por inspeccionado, siempre veías cosas distintas, "es -dije- la carnicería como el libro de arena de Borges".
Al fin, el grupo éramos tres hombres, una mujer, una niña y un librero en la carnicería-librería que era más pequeña que el salón de mi casa. Quien se entregó con más pasión al rastreo fue Larsen que, en cuclillas, diseccionó casi la totalidad del material que estaba por el piso y en los rincones. Cada vez que encontraba algo interesante me lanzaba el volumen hasta donde yo estaba. El librero en excedencia, con su voz de histrión, cantaba, de vez en cuando, los títulos más pintorescos que encontraba: “Marxismo y espíritu, Historia de la Iglesia Católica...”. No tanto porque pudieran interesarnos cuanto por reírse de las preocupaciones de la que debió ser su propia generación.
Detuve mi autismo zahorí y le dije: “Hay mucho comunismo, marxismo...”. Y él, no carente de ironía, añadió: “Era la época...”.
Seguimos otro rato levantando ácaros hasta que uno de nosotros, objetando que el polvo del libro viejo es cancerígeno, salió a fumar.
-El otro día-empezó a narrar el librero- fui con un amigo a ver una biblioteca que quería uno vender en un pueblo y el vendedor, un tipo lleno de tatuajes, nos llevó a una casa quemada, entramos por los escombros, subimos una escalera carbonizada y llegamos hasta una habitación y, allí, estaban los libros, en un recodo salvado del fuego...
-¿No tendrás –le dije cambiando de tema y sin querer meditar sobre lo muy alegórico del cuento, o si llevaba mil años contando la misma anécdota simbolista a todos sus clientes- alguna de las revistas que se hicieron aquí?
-Sí hombre, cómo no, siempre hubo aquí alguna revista... Ahora están estos chavales de la Estigia, pero cómo son, vienen a descubrirte a Lou Reed, Heidegger y cosas por el estilo...
-Bueno, será la forma que tienen de descubrirlo ellos, mostrándoselo a los demás como si fueran los primeros en ver que la tierra es redonda.
-Mira esto es de este de aquí que le publicaron esto al salir de la cárcel por atracar una farmacia. Todavía anda por ahí, se jubiló de funcionario con pocos años, cuarenta o así... Podía haber llegado a algo pero... Si es que toda esa época tiene una novela que alguien debería escribir...
-Tú mismo –añadió Larsen animando al librero.
-Escuchad –interrumpí yo- estos versos: “entre lotos descuartizados/ en toda la pretensión de la furia fecal/ os plancháis orejas y ojos/ y os roban todo...” ¿No os parece fascinante? Es como un Guillermo de Torre leonés en el albor de los años ochenta.
-¿No hubo aquí una revista en tiempo de Llamazares?
-Sí: Barro. Julito sí despuntó, fue de los pocos, llegó a Madrid un poco antes que yo, coincidió con que le arroparon los que estaban allí...
-Pero ahora parece que ha quedado en vía muerta.
-Sí, ha quedado en vía muerta, ha sacado esa novela que es de un pintor que va a Madrid, que le conocí yo, era de aquí, que ya murió...
-Mira, un Canto de la Tripulación, yo fui a clase con los dos hermanos Álix.
No me pillaba de nuevas toda esa letra derramada, carente de futuro, ya estoy familiarizado con la efimeridad de la literatura que se pretende eterna, la mía incluida, pero, de pronto, ver esas ediciones de Liborio Franco o Felisa Otero, a quienes traté en mi vanguardia, en una colección hecha con máquina de escribir, plagada de erratas, plasmando sentimientos tan ingenuos, tan autocomplacientes me desasosegó. No estaban mal como objetos, sólo les daba la solidez de libro un par de grapas en las comisuras de las hojas.
Creo que todo lo que compré fue por morbo: Las revistas que lo fueron de un escritor local, el único libro de poemas que escribió otro, algunos adonais aún sin desflorar, el Canto de la Tripulación plagado de tatuajes, drogas, palabrotas y travestis, unos cuadernos para cualesquiera diálogos, un circo varado, una rebelión de las masas en edición de masas, tres obras de teatro que jamás leeré, escogidas sólo por sus portadas modernistas de 1900 y una Teogonía en agonía. Larsen me cedió uno de sus hallazgos, un librito de las poesías completas y bilingües de Poe en homenaje a mi diario al que bauticé Nevermore (http://n-e-v-e-r-m-o-r-e-.blogspot.com). Al final Larsen compró un montón de libros distintos a los que había seleccionado, ni él conocía a los autores. “Me los habéis movido” nos acusaba. “Creo que le has comprado esos -le contesté- por pagar de alguna forma el derecho a entrar a rebuscar, como si esa adquisición, un tanto absurda, fuera la licencia para pasar a contemplar ese desastre del tiempo”.

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Pero la bohemia se remonta por los montes del tiempo. En una de las estampas socráticas, escritas por Platón, Sócrates y Eurípides son zarandeados por el populacho repentinamente agitado. El motivo es la aparición de una magnífica carroza que avanza lentamente. Palafreneros lujosamente ataviados y uno, a la cabeza del séquito, que grita: “¡Paso a mi señor el poeta Aristófanes!”. Hermipo, el carnicero, corre hacia el carruaje para saludar al popular autor. Platón le estaba pidiendo, momentos antes, opinión a Eurípides sobre una tragedia escrita por él y, el viejo dramaturgo, le había contestado: “...joven amigo, si tu vocación hacia la poesía es verdadera, con mi consejo y sin él has de meterte por su incierto camino; pero lo que si te digo es que este camino tiene tres sendas bien definidas: la honrada, la que deleitando trata de instruir, la que quiere y procura innovar, senda difícil y donde lo menos que suele cosecharse es la incomprensión y el desdén; la opuesta, la que tan sólo busca el medro y el aplauso, cosas ambas que no dejan de conseguirse poseyendo ese talento que no le niego a Aristófanes de ver el punto flaco y ridículo de las cosas y agigantarlo para que puedan también verlo y solazarse con él los miopes (ciegos) de la inteligencia, como suelen ser la casi totalidad de los hombres, y aun una tercera, que consiste en alabar lo tenido por santo y bueno, que siempre suele encontrar eco, siquiera por el bien parecer, aun entre quienes no creen en ello ni suelen practicarlo. Se puede ser un mediocre, un bufón o un poeta honrado: escoge, pero no olvides que en este último caso las mejores satisfacciones de tu obra habrás de encontrarlas en ella misma y en ti mismo.”
Nihil novum sub solem. Escribir para uno mismo o para esa abstracción incierta que es un lector del futuro. Al principio deseas que te lean pero, luego, vas descubriendo la felicidad de plegarte en ti mismo, confiado en que vayan desistiendo de seguirte los pocos que lo hacían, para ser más libre, para volver a proyectarte en el lector del futuro, ese ser extraño en el que jamás reparas y que es como una abstracción sublimada de tu narcisismo. Es decir, sólo crees que, un día, alguien aparecerá, después de ti, quizás un hijo, un nieto o un bisnieto, o un extraño que encontrará unos legajos –quizá en el librovejero- y los leerá, y el enterarse de lo que has escrito le cambiará la vida. Pero lo meditas y no encuentras otra forma de visualizarlo que pensar que, para que eso pasase, ese alguien tendría que ser uno como tú, exacto a ti.

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No contentos con las excursión a la librería-carnicería Larsen y yo urdimos el plan de ir a visitar al librero en su entorno con la excusa de elaborar un artículo o una novela sobre algunos escritores locales secretos que nuestro amigo pudiera haber conocido, el criterio de selección sería precisamente su secretismo, la poca o nula fama. En cierto modo no era otra cosa que un plan para dar plaza a ese doble sentimiento de fascinación y repulsa que me provocan los bohemios y las librerías de viejo, esa repetitiva atracción que me causan los escritores malos, las letras orilladas. Valle en Luces de Bohemia refleja esa contradicción entre los grandes ideales de los pobres literatos y la mezquindad cotidiana, el fracaso y el sueño roto trufados de aporías. Luces me gusta mucho pero me pone siempre muy triste. Recuerdo que en la ciudad de la rana en la calavera había un bohemio, Adares. Era un poeta que se colocaba en El Corrillo de la Plaza Mayor. Barba larga blanca y visera. Sobre los escalones de piedra ponía en venta sus libritos de poesía. Siempre que íbamos al café que había a sus espaldas el Calvo nos repetía que había hablado con él y que tenía un humor del demonio. Murió en el 2001 con casi ochenta años. Debía tener casi setenta cuando lo veíamos. No los aparentaba. A mí no acaba de gustarme. Se lo comenté hace poco a Ella y me dio la clave: “Es normal, no te gustaba Adares porque, aunque hiciera poesía y viviese una bohemia rodeada de las cosas que a ti te gustan, representaba lo que no querías llegar a ser, tu escribías y él representaba el fracaso...”
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-Pero si vamos a entrevistar al librero –añadió Larsen- no estaría demás que llevases algún libro tuyo, si te sobra, para que pareciésemos de verdad y no sólo un par de majaderos.
-El artículo se puede llamar Escritores secretos.
-Escritores secretos -musitó Larsen en voz alta- ... claro, claro... como tú... que ni siquiera los que más te conocen saben que escribes... o se les olvida...
Dicho esto Larsen se quedó callado entornando los ojos como si meditara después de encajar las piezas de un rompecabezas. No sé si quería decir que, entre el polvo cancerígeno de las librerías de viejo, investigando en la vida de los bohemios de antes y elucubrando que los atolondrados pícaros de hoy bien pudieran ser los bohemios de ahora, rechazándolos o fascinándome con ellos, lo que hago es buscarme. Tal vez. Pero, ¿y él?

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Enhorabuena por el texto. Me ha fascinado y fagocitado de inmediato.Un abrazo, Raúl

noviembre 22, 2006 9:26 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Muy bonito eeeee, Brunito que no me habia dado cuenta de que se podian comentar las noticias, bueno si lees esto acuerdate de que tienes que traer las bebidas y el postre,jejeje ala sigue escribiendo y cuida del enanin.

Dw, majete...

diciembre 16, 2006 12:33 a. m.  

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